Como seguramente le sucede a la mayoría de la gente no me gusta esperar demasiado tiempo formado en una fila, pero esa mañana lo tuve que hacer durante dos horas y justo cuando estaba a un turno de ser atendido, me di cuenta que había olvidado un documento indispensable para el trámite.
Fue frustrante darme cuenta de mi descuido. Me salí de la fila y del recinto y volví a mi casa muy molesto conmigo mismo, me ofendí mentalmente y lamenté la forma tan tonta de perder el tiempo. Recogí el documento faltante y regresé a donde tenía que hacer el trámite e hice fila por segunda vez. Al final del día, logré el objetivo.
Cuando iba caminando de regreso a casa, una pregunta saltó en mi mente: “Si ese error que cometiste hoy lo hubiera cometido un miembro de tu familia o alguno de tus amigos ¿hubieras sido igual, más o menos duro?” Me asusté con la respuesta y me entró un sentimiento de nostalgia. Sentí que fui mi peor enemigo porque me culpé y me agredí sin compasión.
Ese día me quedé reflexionando si a veces “la vida” permite que te equivoques para que no te sientas infalible y de esa forma tengas la capacidad de comprender a otro cuando se equivoca.
Acepté que no he aprendido a amarme lo suficiente y a perdonar los errores involuntarios que como ser humano a veces cometo por eso es que, al llegar a casa, hice las paces conmigo mismo, me pedí disculpas y me perdoné.
Ese incidente no solo me dejó el aprendizaje de ser más cuidadoso a la hora de preparar los documentos que debo llevar cuando vaya a realizar un trámite sino algo más importante: a ser consciente que la única forma de ser comprensivo con los demás es siéndolo con uno mismo. Y seguir adelante.
Author: Fermín Felipe Olalde Balderas
Escritor, autor de los libros y de las reflexiones publicadas en este portal.

