Ese día fui contratado para servir en un banquete de bodas en la ciudad de Caná de Galilea.
El maestresala me asignó la tarea de servir vino y comida a cuatro de las dieciséis mesas que se encontraban en el salón.
Empezaron a llegar los invitados y conforme iban ubicándose en su lugar yo les servía vino en sus copas.
De pronto se escuchó un murmullo proveniente del acceso principal.
Cuando volteé vi que entró un hombre de gran estatura vestido con una túnica y un manto color beige. Se vestía sencillo pero elegante. Iba acompañado de una mujer mayor y de un grupo de hombres.
Se dirigieron primero a donde estaban sentados los recién casados, para felicitarlos. Éstos se pusieron de pie y se mostraron muy agradecidos por haber aceptado la invitación a su boda. El esposo le pidió al maestresala que los guiara hasta una de las mesas que se encontraba cercana a ellos. Una de las que me correspondía atender.
—Te encargo mucho que los sirvas bien —me dijo el maestresala— son invitados muy especiales
Yo asentí con la cabeza y empecé a hacer mi trabajo.
Cuando le serví una copa de vino al Hombre, me miró directamente a los ojos, algo que no era común hacer con los sirvientes. Sentí un gran afecto, como si ya me conociera. Me sonrió y me dijo: “Gracias”.
Yo también le sonreí, le hice una reverencia y me retiré hacia la cocina.
—¿Quién es Él? —le pregunté a uno de mis compañeros sirvientes.
—¿No sabes? Es el Rabí. Se llama Jesús y es de Nazaret. Es un gran profeta y viene acompañado de sus discípulos. La señora, es María, su madre.
Asentí y alcé mis cejas en señal de admiración. Los invitados especiales platicaban, reían divertidos e incluso algunos discípulos del Maestro bailaban al son de las flautas. Se veían muy felices.
Pasaron las horas y una señora que se encontraba en otra de las mesas que me correspondía atender me dijo: “Oye ¿nos sirves más vino?”.
—Con gusto —le respondí.
Cuando llegué a la cocina me topé con el maestresala quien se veía muy preocupado. No era para menos, se había acabado la bebida.
“¡No puede ser!”, pensé, “aún queda mucho tiempo antes de que termine la fiesta”. Regresé a donde estaba la señora que me pidió el vino y le expliqué la situación. Ella se molestó y me reprendió como si yo tuviera la culpa. Sentí mucha vergüenza.
Volteé hacia la mesa contigua y vi que la madre del Rabí observaba la situación. Me sonrió y asintió con un leve movimiento de su cabeza. Se acercó a su hijo Jesús y le susurró al oído: “Ya no tienen vino”.
Él la escuchó y tardó unos segundos en contestar. Luego la miró y le dijo: “Mujer, ¿qué nos va a Mí y a ti? Aun no llega mi hora”.
Ella me hizo una seña para que me acercara.
—Hagan lo que Él les diga —me dijo señalando al Rabí.
Estaban ahí seis tinajas de piedra destinadas para las purificaciones de los judíos. En cada una le cabían como cien litros.
—Llenen de agua esas tinajas —exclamó el Rabí.
Así lo hicimos. Apenas habíamos terminado de llenarlas cuando vi que el Maestro se puso de pie y se dirigió hacia donde estaban las tinajas llenas de agua. Cerró sus ojos, levantó su mano derecha y empezó a bendecirlas a la vez que pronunciaba unas palabras en voz baja.
Yo estaba estupefacto y me preguntaba. “¿Qué está ocurriendo?”
—Saca ahora en algún vaso y llévaselo al maestresala —Me dijo Jesús.
Hice lo que me pidió y cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, cómo él no sabía de dónde era, solo yo, acudió al esposo y le dijo:
—Todos sirven al principio el vino mejor y cuando los convidados han bebido ya a satisfacción sacan el más corriente. Tú, al contrario, has reservado el buen vino para el último.
El esposo no supo a lo que se refería. Empezamos a servir y toda la gente nos agradecía y nos felicitaba por tan delicioso vino.
Nuevamente me dirigí a la mesa donde se encontraban los invitados especiales. Yo quería agradecerle al Rabí pero no sabía cómo. Él me miró, me sonrió y me hizo un guiño. La señora también me miraba sonriente y con un aire de satisfacción.
Ese día aprendí cinco cosas:
1. Que invitar a Jesús y a su Madre a formar parte de mi vida, es la mejor decisión que puedo tomar.
2. Que ella, siempre está al pendiente de las necesidades de nosotros, aun y cuando no nos demos cuenta, como en este caso que nadie pidió un milagro.
3. Que ella intercede y “compromete” a Dios para que intervenga, a pesar de que Él, originalmente no tenía previsto hacerlo.
4. Que Jesús es incapaz de rechazar una petición de su madre.
5. Pero, para que se dé todo lo anterior, es necesario cumplir lo que ella nos encargó: “Hagan lo que Él les diga”. “Llenar las tinajas de agua”, significa no dejarle todo a Dios sino hacer lo que nos corresponde para contribuir en la realización del milagro.
Author: Fermín Felipe Olalde Balderas
Escritor, autor de los libros y de las reflexiones publicadas en este portal.


Bendiciones!!
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